viernes, 16 de febrero de 2018
Manuel Vázquez recibe el nombramiento de presidente.
El pasado 13 de febrero se recibía en la ciudad de Andújar la documentación por parte del Obispado de Jaén, el nombramiento por el cual se ratifica como Presidente de la Real e ilustre cofradía Matriz de Andújar a D. Manuel Ángel Vázquez Prieto después de las elecciones celebradas el pasado día 27 de enero.
By.- A,A Feunte.- Comunicado candidatura
miércoles, 14 de febrero de 2018
Cuaresma 2018.
Queridos hermanos y hermanas:
Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12). Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetas
Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
Un corazón frío
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.
¿Qué podemos hacer?
Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?
El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos
El fuego de la Pascua
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
FRANCISCO
By.- A,A Fuente texto.-Pressvaticanva, Fuente foto Cristo.- mecgod
Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12). Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetas
Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
Un corazón frío
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.
¿Qué podemos hacer?
Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?
El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos
El fuego de la Pascua
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
FRANCISCO
By.- A,A Fuente texto.-Pressvaticanva, Fuente foto Cristo.- mecgod
martes, 6 de febrero de 2018
Día de la Candelaria 2018.



Tenía lugar a las 9:30 de la mañana la procesión litúrgica de la Santísima Virgen de la Cabeza Coronada de Rute, que al final no podria celebrarse en el exterior por las inclemencias meteorologicas,tras posponerse hasta las 11 de la mañana.
María Santísima se nos presentaba vestida con un nuevo manto, regalo de un devoto, saya y vestido para el niño Dios,de color azul brocado valenciano con flores nacadas, recordando a los viejos mantos que tenia la Sagrada Imagen, siendo tambien las coronas que lucian tanto la Virgen como el niño de las mas antiguas que posee, Las nuevas vestiduras serian bendecidas por el consiliario de la hermandad durante el acto que tenia lugar en el interior del templo.
Llegadas las 11 de la mañana y enmarcado dentro de la solemne Misa, la Virgen seria portada unos instantes por el pasillo central de la parroquia por dos cuadrillas de hermanas de varal, emotivos momentos sin duda los vividos en el interior de la Iglesia. Despues tendria lugar la presentacion del niño Jesus en el Templo y tras el la presentacion ante el Señor de diferentes niños de Rute.
Una vez finalizados los actos en el Templo, el Niño Jesús a manos del párroco D. Carmelo María Santana, siendo acompañado por varios miembros de la Real cofradía visitaría en sus hogares a los enfermos de la feligresía, los cuales se veían gratamente sorprendidos por la misma.
By.- A,A
jueves, 1 de febrero de 2018
Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo 2018.
Hace cuarenta días que celebrábamos el nacimiento del Señor. Hoy celebramos que Cristo fue presentado en el Templo por María y José para cumplir lo que mandaba la Ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente, al que vemos representado en la persona de los dos ancianos que nos muestra el evangelio, que son Simeón y Ana, dos personas que esperaban al Señor, y que lo descubrieron en aquel pequeño Niño que sus padres llevaban al Templo por primera vez.
Así pues, nos encontramos con San José y la Virgen que, como gente religiosa que son, cumplen con un doble precepto de la Ley de Moisés, que es la consagración del primer hijo a Dios y la Purificación de la Madre. Para ello se ofrecía el sacrificio de unos animales domésticos y al mismo tiempo la madre recibía una bendición purificatoria.
Pero esta escena, si nos fijamos bien, nos ofrece un momento espectacular. ¿Por qué? Pues porque el Templo de Jerusalén era el lugar más sagrado para los judíos. Y no debemos olvidar nunca que el pueblo judío es el pueblo de las promesas, el pueblo al que Dios prometió un Salvador. Por eso podemos decir que en esta escena se juntan el hambre y las ganas de comer; porque Jesús, que es el Templo vivo de Dios por excelencia, entra en el Templo material. Es decir, Dios entra, claramente hablando, en la que es, por excelencia, su Casa.
Pero esta entrada se produce con sencillez, con humildad. El que entra en el Templo de Jerusalén es el Señor, el Rey de la Gloria; pero su majestad y su grandeza se esconden en los brazos de María. Entra en el Templo silenciosamente –o a lo mejor soltando algún pequeño llanto, quien sabe-, perdido en la multitud, como un niño cualquiera… De esta forma, vemos una vez más como casi siempre Dios llega sin hacer apenas ruido.
¡Y aquí está el problema!¡En qué Dios nos habla en el silencio! Hoy día estamos tan acostumbrados al ruido que muchas veces el silencio se nos puede hacer algo pesado y hasta insoportable. Pero Dios está ahí, en el silencio, y además, silencioso, hablando muy bajito y sin hacer ruido.
Por eso que necesitamos tener una sensibilidad religiosa, como la tuvieron Simeón y Ana, que fueron los únicos que supieron reconocer a Jesús aquel día en el Templo; y no dejar que Jesús pase desapercibido ni en la liturgia, ni en la lectura de la Biblia, ni en los hermanos, ni en la vida de cada día… Porque Jesús es la Luz con mayúscula, la luz que ha venido a alumbrar a las naciones y a todos los hombres. El problema es que… sigue habiendo muchos que se empeñan en vivir a oscuras, con la luz apagada, y no quieren darle al interruptor de la fe. Y es que Jesús, como le dijo Simeón a la Virgen, sigue siendo hoy una bandera discutida, y ante Él, pues quedan claras las actitudes de muchos corazones, es decir, las personas nos mostramos realmente tal y como somos.
Pues que María, nuestra Virgen de la Cabeza, que lleva a su Hijo en brazos para ofrecérselo a Dios nos ayude a llevar a todos la luz de Cristo; esa luz que representan las candelas que, como la que porta hoy la bendita imagen de nuestra Morenita, llevaremos encendidas en las manos y que simbolizan que queremos vivir en la luz de Jesús que nos salva.
Llevemos, pues, a todos esa luz, porque nuestro mundo, ese mundo herido por la droga, la corrupción, el materialismo y la vida falta de sentido, ese mundo, necesita una salvación radical. Y nosotros sabemos que el Salvador es Jesucristo.
Nuestra candela es pequeña, pero simboliza la luz interior de nuestra vida. Que como hizo la Virgen, también nosotros pongamos un poco de luz en la vida de las personas, pero como Ella, sin meter ruido…, perdidos entre la gente…, viviendo en cristiano.
By.- R,C
Así pues, nos encontramos con San José y la Virgen que, como gente religiosa que son, cumplen con un doble precepto de la Ley de Moisés, que es la consagración del primer hijo a Dios y la Purificación de la Madre. Para ello se ofrecía el sacrificio de unos animales domésticos y al mismo tiempo la madre recibía una bendición purificatoria.
Pero esta escena, si nos fijamos bien, nos ofrece un momento espectacular. ¿Por qué? Pues porque el Templo de Jerusalén era el lugar más sagrado para los judíos. Y no debemos olvidar nunca que el pueblo judío es el pueblo de las promesas, el pueblo al que Dios prometió un Salvador. Por eso podemos decir que en esta escena se juntan el hambre y las ganas de comer; porque Jesús, que es el Templo vivo de Dios por excelencia, entra en el Templo material. Es decir, Dios entra, claramente hablando, en la que es, por excelencia, su Casa.
Pero esta entrada se produce con sencillez, con humildad. El que entra en el Templo de Jerusalén es el Señor, el Rey de la Gloria; pero su majestad y su grandeza se esconden en los brazos de María. Entra en el Templo silenciosamente –o a lo mejor soltando algún pequeño llanto, quien sabe-, perdido en la multitud, como un niño cualquiera… De esta forma, vemos una vez más como casi siempre Dios llega sin hacer apenas ruido.
¡Y aquí está el problema!¡En qué Dios nos habla en el silencio! Hoy día estamos tan acostumbrados al ruido que muchas veces el silencio se nos puede hacer algo pesado y hasta insoportable. Pero Dios está ahí, en el silencio, y además, silencioso, hablando muy bajito y sin hacer ruido.
Por eso que necesitamos tener una sensibilidad religiosa, como la tuvieron Simeón y Ana, que fueron los únicos que supieron reconocer a Jesús aquel día en el Templo; y no dejar que Jesús pase desapercibido ni en la liturgia, ni en la lectura de la Biblia, ni en los hermanos, ni en la vida de cada día… Porque Jesús es la Luz con mayúscula, la luz que ha venido a alumbrar a las naciones y a todos los hombres. El problema es que… sigue habiendo muchos que se empeñan en vivir a oscuras, con la luz apagada, y no quieren darle al interruptor de la fe. Y es que Jesús, como le dijo Simeón a la Virgen, sigue siendo hoy una bandera discutida, y ante Él, pues quedan claras las actitudes de muchos corazones, es decir, las personas nos mostramos realmente tal y como somos.
Pues que María, nuestra Virgen de la Cabeza, que lleva a su Hijo en brazos para ofrecérselo a Dios nos ayude a llevar a todos la luz de Cristo; esa luz que representan las candelas que, como la que porta hoy la bendita imagen de nuestra Morenita, llevaremos encendidas en las manos y que simbolizan que queremos vivir en la luz de Jesús que nos salva.
Llevemos, pues, a todos esa luz, porque nuestro mundo, ese mundo herido por la droga, la corrupción, el materialismo y la vida falta de sentido, ese mundo, necesita una salvación radical. Y nosotros sabemos que el Salvador es Jesucristo.
Nuestra candela es pequeña, pero simboliza la luz interior de nuestra vida. Que como hizo la Virgen, también nosotros pongamos un poco de luz en la vida de las personas, pero como Ella, sin meter ruido…, perdidos entre la gente…, viviendo en cristiano.
By.- R,C










