Tres sentimientos llenan hoy nuestro corazón: Tres sentimientos que llenan de amor el alma de un creyente al contemplar el nacimiento de María. Fiesta de familia... Hay que acercarse a felicitarla, y... a felicitarnos todos con ella. Es día de regocijo íntimo. Los viejos cristianos de Roma, siguiendo la costumbre de sus hermanos primeros cristianos del Oriente, encendían antorchas, marchaban en procesión presididos por el papa, a la iglesia de Santa María la Mayor, mientras cantaban letanías suplicantes rebosando cariño y amor de hijos.
«Tu natividad, Virgen Madre de Dios, es anuncio de gozo para el universo mundo», canta la Iglesia. Alegría ecuménica, universal. Gozo para la tierra. Nuestra redención alborea. Pronto nacerá el Salvador. Clarea el día. Ha pasado la noche del pecado. Amanece... Una Virgen nace con promesa infalible de redención y vida para el mundo. «Dichosa eres Santa Virgen María y muy digna de alabanza. De ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios», corearemos con emoción en el aleluya de la misa. Sí, tú eres la aurora que anuncia el sol: Cristo Jesús derrotará nuestra muerte y nos regalará la vida para siempre.
También se alegran los cielos. Con María, la tierra empezó a parecer hermosa a sus moradores. Dios no tenía dónde fijar su mirada. Tinieblas de pecado envolvían al mundo. Pero ahora brilla una estrella luminosa. Es María recién nacida. Un alma enteramente intacta, limpia, inmaculada... Y la mirada de las tres divinas personas se complace por primera vez al mirar la tierra. Momento inefable. Algo insólito. La fragancia de una ofrenda, el sacrificio de un corazón enamorado de Dios, subía por primera vez desde el mundo. Padre, Hijo, Espíritu Santo, con amor indecible, contemplan y miran a esa niña, bendita ya entre todas las mujeres... Y se deleitan y extasían... Me enseñan a mirarla, a quererla, a gozarme de su nacimiento, que me anuncia una vida nueva que nunca pasará. Jesucristo, vida divina, que se encerrará en sus entrañas purísimas para nacer un día en este valle de lágrimas. Al salir de su seno virginal «no marchitó la integridad de su madre, sino que la santificó», proclama la Iglesia en la liturgia de esta fiesta.
By.-A,A Fuente.- Dominicos.org







