A lo largo de estos meses se nos ha preparado para observar el acontecimiento del eclipse solar insistiéndonos en que no debíamos mirar directamente al sol, pues podía tener consecuencias nefastas para nuestros ojos.
Hoy, en cambio, se nos invita a mirar sin miedo a los cielos, porque hay una luz, distinta a la del sol, y que alumbra mucho más que el astro central de nuestra galaxia, y cuyo resplandor no produce daño alguno, es más, es una luz que alumbra, sana, cura y da esperanza, y que es la luz de Cristo que refleja la Santísima Virgen María, asunta en cuerpo y alma a los cielos, donde ha sido glorificada para toda la eternidad.
Hoy se cumple la profecía que ella anunció en el canto del Magníficat y que escuchamos en el Evangelio de la Misa del día, vaticinando que todas las generaciones la llamarían bienaventurada porque el Señor había hecho obras grandes en Ella.
Hoy, gracias a la Santísima Virgen María, comprobamos nuevamente como la misericordia de Dios es grande y llega a todos sus hijos de generación en generación, pues el Altísimo hace obras grandes con su diestra.
Hoy, mirando a la bienaventurada Virgen María, vemos el proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros. Un proyecto de vida eterna, de gracia, de glorificación de toda nuestra existencia, un proyecto en el que la muerte no tendrá cabida y habrá sido vencida y desterrada para siempre.
Hoy, al mirar a la Virgen Asunta al cielo, contemplamos a la mujer de la que nos habla el Apocalipsis: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, coronada de estrellas… Y es que María es esa bendita mujer que, al haber sido escogida desde la eternidad para ser la Madre de nuestro Señor Jesucristo, fue concebida sin sombra alguna de pecado en su alma y en cuya vida no tuvo lugar la más mínima ofensa ni falta hacia el Señor, y que, habiendo padecido en su alma durante su existencia mortal, ha sido elevada a la inmortalidad eterna de toda su naturaleza, tanto material como espiritual, pues su cuerpo resucitado ha sido glorificado como en su momento lo fue la carne mortal de Jesucristo, y como habrá de ser resucitada la nuestra. Eso sí, de nuestro comportamiento depende que resucitemos para la gloria o para la ignominia.
Que al mirar la Sagrada Imagen de la Virgen de la Cabeza en su camarín bendito, con la corona de estrellas que porta en sus sienes y la luna bajo sus pies, veamos la grandeza del Señor que la ha exaltado sobre el resto de criaturas terrenales y celestiales –a excepción, claro está, de la naturaleza humana de Jesucristo-, y encontremos en Ella consuelo para nuestras almas mientras peregrinamos por este Valle de lágrimas camino del Reino celestial.
By.-R,C









