En estos días donde los últimos coletazos de la cuaresma parecen abrir tímidamente el velo que descubre algo de la luz pascual, es inevitable alzar la mirada y detenerse un instante en los campanarios y espadañas que se han traducido como la "voz de Dios", una voz que es llamada para las almas fieles, esperanza para las purgantes y molestia para las dormidas. Esas mismas campanas que dan nombre a este espacio, y cuyo tañer ha sido, durante siglos, la banda sonora de muchos momentos importantes para la historia personal, local y general; administración de sacramentos, celebraciones de preceptos, duelo y despedida, avisos al pueblo de catástrofes y ataques e, incluso, milagros en la agreste Sierra Morena, son las que convocan a los redimidos por Cristo a la actualización memorial de un tríptico salvífico donde se armonizan, de manera equilibrada, antítesis que se hacen síntesis: la aclamación gozosa y el improperio exaltado, la entrega generosa con la traición ingrata, la confesión valiente con la negación cobarde, el amor que vence con el odio que pudre, la oscuridad de la muerte con la afirmación divina a la vida.
Serán las campanas las que nos hagan correr presurosos al caminar de la entrañable borriquilla sobre la que se alza el Redentor en un estruendo de Hosanas y alabanzas, recordando, discretamente, esa verdad evangélica de que "si no volvemos a ser como niños, no entraremos en el Reino de los Cielos", refrescando así el don de los compromisos bautismales que se renovarán en la Pascua. El colorista cortejo de las palmas y olivos al son de la primera narración de la Pasión, serán el escenario gozoso de reencuentros y nostalgias, de tradiciones renovadas, de herencia y futuro que hace de nuestras calles y plazas una nueva Jerusalén, donde hablar de historia y de proyectos, de decepciones e ilusiones, de lo común hecho extraordinario.
Días que pasan, como las páginas del Santo Evangelio, renovando un mensaje que, si fuera pronunciado por el mismo Cristo en la actualidad, seguiría siendo una novedad por quedar pendiente en incontables almas. Y Rute, que escribe su Evangelio en el trotar de la Pollinica, en las gotas agónicas que brotan de las heridas del Señor de la Columna y su Madre, que llora con lágrimas amargas la carne y la sangre destrozada que su inmaculado vientre le ha dado a su Hijo, que se echa en tierra como la pecadora arrepentida ante la Misericordia del Hijo de Dios desfigurado por el mal del pecado, que se hace pequeña por el peso del orgullo ante la Humildad del Abuelito y la Soledad de su Santísima Madre, que se deja agasajar por una Rosa en la que ofrece su vida el Nazareno de San Francisco, olvidando ofendas que causan el Mayor Dolor de la bendita entre las Mujeres, que se hace turba y Vía Dolorosa para el Nazareno y pañuelo para contener los Dolores, que forja una custodia horizontal para la muerte sepultada de Cristo y quiere ser palio para la cruda Soledad de las más infeliz de las Siervas de Yaveh, y que pone su broche de oro en la incontenible alegría de la victoria del Resucitado.
Y, mientras todo esto sea una realidad actualizada y, por eso, vigente, serán las anónimas campanas las que pondrán sintonía a la mayor historia de amor que ha conocido el género humano. Comenzarán su cantar, discretas, pero insistentes, casi sin querer opacar el sonar de cornetas y tambores en elmincio de los días santos. Pregonarán la experiencia del Cenáculo cuando, en los oficios del Jueves Santo, el Himno angélico del gloria haga presente el pórtico prometido de la presencia del Señor de manera substancial entre nosotros en el Sacramento de los Altares, quedando después enmudecidas, en silente sollozo, mientras son testigos de un Vía Crucis subbético que va desde Getsemaní hasta las entrañas de la tierra, en el hueco de un sepulcro nuevo, donde todo parece terminar. Pero será el Padre Eterno, el que habla con su tañer y que nos exhorta al gozo con su repique, el que, otra vez, por la acción creadora y vivificadora de su Espíritu, las vuelva hacer doblar, enloquecidas de gloria, al anunciar que el NO limitado que el hombre le ha dado a Dios en el Gólgota, se torne en el SI definitivo que Dios le ha dado a la vida en la noche Santa de la Pascua, donde los compromisos bautismales nos hacen clamar al Paraíso que esperamos alcanzar su gozo.
Y cuando el cirio pascual ilumine las tinieblas del templo de nuestro ser, cuando el Aleluya resuene con el gozo del beneplácito divino por la vida, cuando el Resucitado cruce el dintel mirando a Rute despidiendo por todo lo alto la semana mayor, las sencillas campanas tomarán su sosiego para el arduo trabajo que les depara la pascua, y estarán a punto para cantar que es el momento de tornar el capirote por la senda romera y que una nueva cita con el Resucitado, en los brazos de su Madre, esta vez, gloriosa y menuda, bronceada y alegre, Morenita y Dulcísima, esperan a los redimidos ruteños para forjar un nuevo compromiso con los votos bautismales en la cumbre de un cerro serrano, el último domingo de abril.
Campanas que veis pasar bajo vuestra silueta el devenir cotidiano de nuestra historia de Salvación, afinad vuestro canto para anunciar a los cuatro vientos que hay un Dios en el cielo que nos ha hecho hermanos por el Misterio Pascual de su Hijo y por habernos dado por Madre a la que es Madre de Cristo, Cabeza y Pastor.
By.- J.R.D






