
El mes de noviembre es un mes que la Iglesia ha dedicado desde antiguo a rezar por el eterno descanso de las almas de los fieles difuntos. Y para animarnos a ello, el mes comienza con la celebración de la solemnidad de Todos los Santos, en la que festejamos a todos aquellos que ya gozan de la presencia de Dios para toda la eternidad. No sólo recordamos en esta celebración a los santos inscritos en el santoral, sino a todos aquellos cuyos nombres sólo conoce Dios en su totalidad, y de los cuales, algunos de ellos han sido conocidos nuestros, que han vivido junto a nosotros, que han paseado por las mismas calles que nosotros, y a los cuales hemos conocido.
Esta fiesta comenzó a celebrarse en los comienzos del cristianismo, y tiene su origen en la dedicación de la Iglesia del Panteón de Roma, que estaba consagrada a todos los dioses del paganismo, en honor de Santa María y de todos los santos. A partir de ahí, y en diversas fechas, se ha ido celebrando la fiesta en honor de todos los redimidos por la Sangre de Cristo hasta configurarse la fiesta de Todos los Santos tal y como hoy la conocemos.
Y unida a esta fiesta, está también la de los fieles difuntos, cuya memoria se prolonga durante todo un mes. En ella, rezamos por las benditas almas del purgatorio, es decir, aquellas almas que ya están salvadas, pero que aún tienen alguna cuenta pendiente con el Señor, que todavía no están “brillantes” para entrar en el cielo, y que deben pagar su deuda con Dios. A ellas sólo puede ayudarlas nuestra oración, oración que además agradecen, puesto que luego pueden interceder por todos nosotros. Y es que, como ya dice el Antiguo Testamento, “es una idea santa y piadosa rezar por los difuntos”.
Y a este respecto, tenemos que purificar también nuestro pensamiento sobre estas fiestas, puesto que tendencias venidas de fuera, del estilo “Halloween” y semejantes, nos presentan estos días como tenebrosos y lúgubres, y son todo lo contrario: son días de tener en cuenta la salvación que nos viene de Dios, puesto que las almas del purgatorio son almas santas, es decir, están salvadas; mientras que estas celebraciones son ajenas totalmente a este espíritu, y nos presentan a monstruos y seres fantasmales, cuya filosofía está en las antípodas de la verdadera celebración de todos los fieles difuntos.
Pongamos, pues, a todas la benditas ánimas del Purgatorio bajo la intercesión poderosa de Santa María, la Virgen, cuyo corazón de Madre no deja de cansarse por pedir la completa purificación de todas ellas ante su Hijo y Redentor Jesucristo.
By.- R,C
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