
“Tomad y comed todos de Él…”; “Tomad y bebed todos de Él”…
El Corpus Christi, solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es una de las fiestas religiosas más populares y de más profunda raigambre, en la que, de un modo especial, adoramos a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; esto es, realmente presente en la Sagrada Hostia, de modo misterioso, de la misma manera que está en el cielo.
Este año, además, es una fecha especial, pues se cumplen 700 años desde que el Papa Clemente V dispusiera cómo se debía ordenar la procesión del Corpus Christi; fiesta que ya se celebraba desde 1208.
Mysterium fidei; Misterio de fe. Como dice Santo Tomás: dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento. Esta presencia de Cristo en la Eucaristía, que hace que lo que parece pan no sea pan, y lo que parece vino no sea vino, sino que sea Él mismo -“El Señor”, como popularmente lo llamamos-, es el gran milagro que constantemente se está produciendo en cada celebración de la Misa, y lo que mueve la actividad y la fe de la Iglesia. Como dijo el beato Juan Pablo II: “La Iglesia vive de la Eucaristía”.
Hoy, pues, es un día para arrodillarnos ante este misterio de fe; para engalanar nuestras calles y acompañar devotamente al Señor, Rey de Reyes y Señor de Señores, ante el cual toda rodilla debe doblarse, y ofrecerle toda nuestra vida. Que los pétalos de flores que le lancemos, las velas encendidas que portemos, nuestros cantos…. Todo ha de ser a gloria de Dios, pero también para salvación nuestra, porque, como decían los primeros cristianos: “sin la Eucaristía, no podemos vivir”. Y eso es algo muy serio. Porque si no recibimos los sacramentos, si no comulgamos, por mucho que queramos autoconvencernos y autoengañarnos, no podremos ser, en absoluto, buenos cristianos.
Por eso, nuestra devoción a María Santísima, tiene que movernos a dirigir nuestra mirada hacia el Sagrario. A lo más amado por Ella, que es su Santísimo Hijo. Ella fue el primer sagrario. Ella fue la mejor custodia. El mejor cáliz, el mejor copón del mundo. Ella fue y sigue siendo la que nos muestra a su Hijo bendito día tras día, señalándonos que Él y sólo Él es el único Salvador.
By.- R,C
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