Oníricos versos aquí y allá que zarandean la gran diversidad de estos paisajes para mostrárnoslos en toda su plenitud, con una luz que es metáfora de todo un universo serrano. Pareciera que en estos días inunda los pentagramas de la geografía la alegre melancolía del sonido de un violonchelo que acaricia un ámbito de

Los montes los rasos y las riberas se destapan en este primigenio otoño como una brisa que encandila suavemente. El otoño aquí es una sensual mujer, bella, apasionada, suave, seductora, bucólica, perfumada y tierna a la vez que decidida en sus afanes genéticos. Y te abraza, y musita palabras cautivadoras, y te besa.
La luz se vuelve categórica, juega con el horizonte, en los reflejos de las aguas ya resueltas de los ríos, charcas y arroyos. Pasa de los tonos verdes que ganan en intensidad a los pardos, ocres, amarillos, naranjas y lo dorados más intensos, se vuelve biselada transparencia, odre encantado de vinos excelsos. Aparecen las setas y bayas, se enciende el espíritu más legítimo de estos pagos.
Trepida ese lienzo que va desde Peñallana a Madrona, que nos ofrece infinidad de rutas y oteros, regazos para un supremo encuentro con una grandiosa nómina de especies de vegetación y fauna, algunas impares.

Necesito vivir el otoño de la Sierra de Andújar, con su abanico litológico, con sus impares endemismos. Palpar la firmeza de sus cumbres laminadas. Acariciar su brioso porte vegetal. Llegar a imposibles enclaves por lastras hechas letanías, charlar con el viento en los pletóricos cerros, en los recogidos barrancos, escuchar la voz diáfana de este enclave natural, dejarme llevar por su admonición, tan etérea como infinita. Abrazar su cielo hondo. Necesito pisar, y sentirme, en estos parajes de aire puro y clima templado, y perderme sí, para hallarme y así encontrar lo sencillamente cardinal para vivir. Es el otoño en un mundo del que tanto tenemos que aprender.
By.- Alfredo Ybarra
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