
Mañana Domingo, celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, una fiesta de hondo arraigo en nuestro pueblo, en la que proclamamos nuestra fe en la presencia real, permanente y sustancial de Cristo en las especies eucarísticas más allá de la celebración misma de la Eucaristía, como una prolongación de ésta; pues, ciertamente, en la Eucaristía se hace presente de una manera singular nuestro Señor, el mismo Jesús que predicó en Palestina, el mismo Jesús que fue crucificado y que después resucitó de entre los muertos, y el mismo Jesús que adoramos en este sacramento, en el que se encuentra presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Por eso, en este día, veneramos de una manera especial este misterio de la fe, y llevamos en procesión al Santísimo por nuestras calles, manifestando así nuestra fe en este Sacramento.
Y es que la celebración de la Eucaristía es el misterio de fe que la Iglesia celebra continuamente como memorial del señor, una tradición que se remonta hasta el mismo Cristo, como recuerda san Pablo al describir en una de sus cartas la última Cena, donde Jesús quiso darnos como verdadero alimento su propia Carne y Sangre, al mismo tiempo que nos regalaba su presencia permanente en este admirable Sacramento de la Eucaristía. Por tanto, al contemplar, adorar, y comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor, tenemos que llegar a experimentar constantemente en nosotros el fruto de la redención.
Por otra parte, el Evangelio que se lee hoy en la Misa, nos describe como Jesús, ante la multitud que le seguía, cansada y con hambre, realiza el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que nos narra san Juan con claras resonancias eucarísticas; pues, aunque ciertamente Jesús opera el milagro de dar la fortaleza del alimento a sus seguidores, sin embargo un milagro mayor se va a producir cada vez que celebramos el banquete pascual de su amor, que es la Misa, pues Él mismo se nos da en alimento. Por eso es necesario que los creyentes nos nutramos interiormente de este pan de vida que nos otorga la fortaleza necesario y nos abre el camino a una vida imperecedera.
Y es que Cristo, el Señor, quiso quedarse con nosotros en este sacramento, en el que catalizamos el misterio de la redención, el misterio pascual de Cristo, su entrega amorosa por la salvación de todos los hombres. Y sólo con ojos de fe entenderemos este gran don de la Eucaristía, presencia permanente del Señor y alimento necesario para los que creemos en Él; pues comer y beber el Cuerpo y la Sangre del Señor, signo del banquete del Reino, es entrar en íntima comunión con Él, es introducirse en la dinámica amorosa de Dios, que nos regala a su Hijo como don permanente.
Por eso, esta fiesta del Corpus Christi nos tiene que animar a que cuando vayamos a Misa y estemos bien dispuestos, pasemos a comulgar. Y si no estamos bien dispuestos, para eso está el sacramento de la confesión; que los curas no se comen a nadie en el confesionario ni son tan terribles como dicen algunos…, sino que son transmisores del amor y la misericordia del Señor. Y si alguno dice que le da vergüenza confesarse, pues que piense que esa vergüenza tiene que estar primero para hacer pecados. Pues ánimo y adelante. Dejemos que la presencia real de Cristo en la Eucaristía nos invada interiormente y nos haga ser una sola cosa con Él.
Y como hoy es también el día de Caridad, y estamos en unos tiempos en los que la caridad es muy necesaria, pidámosle a la Virgen de la Cabeza que al celebrar este gran misterio de nuestra fe, en este día de Caridad, nos sintamos llamados a ser generosos y solidarios con nuestros hermanos que más sufren, que, por desgracia, no son pocos.
By.- R,C
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