Hoy empezamos la Cuaresma, un tiempo que no entra con fuegos artificiales ni con grandes celebraciones, sino más bien con un gesto sencillo y muy elocuente, que es el de la ceniza; un signo humilde, incluso incómodo, que nos coloca sin rodeos ante la verdad de nuestra vida.
Cuando recibimos la ceniza, escuchamos unas palabras que no dejan indiferente a nadie, esas que nos invitan a convertirnos y a creer en el Evangelio o también las que nos recuerdan que somos polvo y que al polvo volveremos. No son frases para asustar ni para desanimar, sino más bien para despertarnos, para sacarnos del ruido, de la prisa y de la superficialidad con la que tantas veces vivimos.
Y es que la ceniza nos habla de nuestra fragilidad, de que somos mortales, y de que no lo controlamos todo; aunque a veces tengamos esa sensación. Ahora bien, conviene no equivocarse, porque no es un mensaje triste ni derrotista. Al contrario; es una llamada a vivir con verdad, a dejar de fingir, a dejar de aparentar y a volver a lo esencial, a lo que llevamos en el corazón.
La primera lectura de la Misa de hoy lo dice con una fuerza impresionante cuando nos pide rasgar el corazón y no los vestidos. Dios no busca gestos externos vacíos ni una religión de fachada. Lo que quiere es un corazón sincero, un corazón que se atreva a mirarse por dentro y a decir con sencillez y sin excusas: Señor, aquí estoy, con mis luces y mis sombras, con mis deseos de cambiar y también con mis resistencias.
Y luego, el Evangelio nos ofrece una pista muy concreta para vivir este tiempo: la limosna, la oración y el ayuno. Pero Jesús añade algo decisivo, y es la de hacerlo desde dentro y en lo secreto. No para quedar bien, no para que nos vean, no para tranquilizar la conciencia. Y es que la Cuaresma no es un escaparate espiritual, es un camino interior que se recorre en silencio.
Tengámoslo claro: ayunar, bien entendido, no es solo dejar de comer algo, sino aprender a renunciar a lo que nos sobra, a lo que nos endurece y a lo que no nos deja amar de verdad. Orar no consiste únicamente en decir palabras, sino en dejarnos mirar por Dios y escucharlo con calma. Y compartir no es dar lo que nos sobra, sino abrir el corazón a las necesidades reales de los demás.
San Pablo lo dice con una urgencia que no admite aplazamientos cuando afirma que este es el tiempo favorable y que este es el día de la salvación. No mañana, no cuando tenga más tiempo, no cuando todo esté mejor. Es ahora, aquí y hoy.
La Cuaresma no es un tiempo triste, eso si, es un tiempo serio, un tiempo para volver a casa. Dios no se cansa nunca de nosotros. Somos nosotros los que a veces nos cansamos de Dios o simplemente nos olvidamos de Él. Y hoy, a través de este signo tan sencillo de la ceniza, el Señor nos susurra con firmeza y con ternura: vuelve, empieza de nuevo, yo sigo aquí.
Ojalá esta Cuaresma no pase de largo. Ojalá no sea una más. Dejemos que Dios trabaje en nuestro corazón y caminemos, poco a poco, con la ayuda de la Virgen María, hacia la Pascua, con menos ruido por fuera y con más verdad por dentro.
By.- R,C

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