
Aunque estos días se quieran convertir en una fiesta del derroche, o fiestas de invierno, o se quiten belenes y símbolos cristianos de las calles y los locales públicos, como si Dios fuese una marioneta que cuando estorba la podemos meter en el armario... celebraremos la Navidad, unos días de inmensa alegría, y lo serán porque celebraremos que el Señor ha querido compartir nuestra condición humana, y no por ninguna otra cosa que nos quieran decir los estamentos políticos o publicitarios.
Y es que celebrar la Navidad, es celebrar que ese Dios que en las distintas etapas de la historia ha querido realizar con el ser humano un camino de salvación, ha querido llevar a cumplimento su promesa salvadora enviando a su Hijo, que ha tomado la condición humana.
El hombre ya no puede pensar que está solo o abandonado en la superficie de un planeta que flota en la inmensidad del espacio. El hombre ya no puede contentarse con la idea de ser una especie animal más inteligente que el resto; porque Dios ha tenido la “cortesía” de hacerse uno de los nuestros. El hombre ha sido considerado digno de que el mismo Dios adquiera su naturaleza. El hombre ya no está esclavizado por el pecado ni angustiado por la amenaza de la muerte eterna, porque ha nacido el Salvador y podremos compartir con Dios su misma vida divina.
Y es que con el Nacimiento de Jesús algo nuevo ha comenzado; y no es sólo lo sucedido hace dos mil nueve años; sino que es algo que ahora mismo vuelve a suceder, pues lo que sucedió una vez es actual, es novedad. Cada vez que vamos a Misa, podemos revivir lo que pasó por la mente y el corazón de quienes tuvieron la ocasión de ver a aquel Niño en Belén, de conocer a aquel Hombre que luego murió en la cruz, y de encontrarnos realmente con Él, porque vive resucitado entre nosotros.
Y de ese encuentro nace la convicción de que es necesaria una transformación del mundo. Por eso, en estos días pedimos a Dios que la pena se convierta en alegría, que las guerras dejen paso a la paz, que en vez de división entre nosotros, tengamos unión, que no haya más enemistad, sino amistad, que se acabe el odio y nazca el amor. Digamos hoy “no” al egoísmo, porque es hora de compartir...
¿Tarea difícil ésta, verdad? Pero...¿Por qué no imaginar que ha comenzado ya la edificación de ese mundo perfecto que todos soñamos?¿Por qué no desearlo?¿Por qué no poner manos a la obra? Así, los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios; así, todos sabrán que hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
¿Y qué podemos hacer nosotros para construir ese mundo nuevo que empieza a surgir?
Pues, por ejemplo, no confiar tanto en el dinero, porque Dios, dueño de todo, nació pobre. No confiar tanto en la fuerza física; porque Dios, el todopoderoso, se hizo débil. No confiar tanto en la inteligencia; porque Dios, que todo lo sabe, fue un niño que tuvo que aprender incluso a hablar, como todos los niños. No confiar tanto en las apariencias y en la buena fama, porque Dios nació en lo escondido, sin que fuera noticia, en un pesebre, y acabó su vida mortal rechazado por muchos y condenado a muerte ignominiosa.
Entonces... ¿En quién confiar? ¡Pues sólo en Dios, en este mismo Niño que ha nacido! Y contemplarle y mirarle con ojos de fe, pues si Dios ha querido hacerse visible en un Niño, podemos imaginar cuanto nos quiere a los hombres. También escucharle, porque Él es la Palabra definitiva, terminada, perfecta. Y seguirle e imitarle, aprender sus enseñanzas..., y cumplirlas.
Como bien sabemos, a la fiesta de Navidad se le han añadido una cantidad enorme de elementos superfluos que no ayudan mucho a contemplar el verdadero misterio que hoy celebramos. Sin embargo, es necesario que los creyentes hagamos un esfuerzo por acercarnos a contemplar asombrados y sobrecogidos el misterio de Belén. Pues el mismo Dios todopoderoso, se hace uno de nosotros, de nuestra carne y sangre, y lo hace en el silencio de la noche, de manera pobre y humilde, lejos de los poderosos de este mundo, para manifestar así que sólo un corazón humilde y generoso es capaz de recibir la salvación que procede de Dios.
Que María, la Virgen Madre de Dios, nuestra Madre Morenita, y san José, a quienes vemos siempre silenciosos, y embelesados en el portal de Belén, mirando al Niño Jesús con ojos de amor y de ternura, nos ayuden para que en estos días hagamos lo posible por contemplar con fe el misterio de la Encarnación, y así, “conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible”.
By.- R,C,A
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