
En este mundo en que vivimos, tan alborotado, en el que siempre parece que estamos haciendo algo, llenos de preocupaciones, agobios… necesitamos momentos de calma, para sosegarnos, para tranquilizarnos, para ser personas.
Por eso que ahora se nos presenta un tiempo especial para sosegarnos por dentro antes de celebrar la Fiesta de las fiestas: La Pascua. Y durante el tiempo de Pascua, celebraremos la Romería y fiestas en honor de María Santísima de la Cabeza.
Así pues la Cuaresma es una oportunidad para sosegarnos interiormente, para mirar hacia dentro de nosotros mismos, para encauzar nuestra vida, para ver que es lo verdaderamente importante para nosotros, en qué ponemos nuestros intereses, dónde están nuestras expectativas… Y todo ello, con una finalidad: celebrar renovados la Pascua, la fiesta de las fiestas de todo el año; la fiesta que da sentido a todas las demás; la fiesta que da sentido a que celebremos a María Santísima de la Cabeza, puesto que si Cristo no vive, nuestra vida y nuestro mundo no tienen sentido, y la Virgen, sería algo inútil para nosotros.
No miremos la Cuaresma como un tiempo de amargura. La Cuaresma es esa oportunidad para acercarnos más a Dios. Y estando más cerca de Dios, estaremos más cerca de María. Y si nos acercamos a María, y nos cogemos de su mano para recorrer este camino que nos invita a la renovación de vida, nos acercaremos más a Dios, y podremos celebrar llenos de entusiasmo el tiempo pascual.
Además, la forma peculiar que tenemos de celebrar la Semana Santa, nos tiene que invitar a acercarnos y meditar todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Viendo las imágenes de Pasión que hay repartidas por nuestras iglesias y ermitas. Contemplando las imágenes de la Dolorosa, podemos ver como María Santísima ha sufrido como cualquiera de nosotros ante la muerte de un ser querido. Y pensemos: cada vez que nos alejamos de Dios, cada vez que Dios deja de estar en el centro de nuestra vida, es una espada de Dolor que clavamos en su Inmaculado corazón de Madre, pasando de ser Virgen de Gloria, con resplandor y cara de gozo, a ser Dolorosa, Madre sufriente. ¿Y qué buen hijo se alegra de hacer sufrir a su Madre? Qué cada uno mire hacia sus adentros y se dé respuesta a si mismo.
Aprovechemos, pues, este tiempo de gracia que Dios nos concede, vivámoslo como cristianos y junto a María. Así, nuestra vida será una vida digna de quienes se dicen devotos de María.
By.- R,C
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