
Aunque para mucha gente la Semana Santa se ha convertido simplemente en unas pequeñas vacaciones de primavera, los cristianos seguimos contemplando en estos días de una forma muy especial a nuestro Señor Jesucristo en el admirable misterio de su entrega a la muerte, y nuevamente volveremos a aprender de Él unas lecciones únicas de amor y de generosidad para nuestra vida.
Nuevamente, vamos a contemplar la imagen del Crucificado, y le pediremos que, como Santa María, la Virgen, el apóstol amado y la buenas mujeres que estuvieron al pie de la cruz, sepamos estar nosotros al pie de la cruz de tantos hermanos que, como Jesucristo, sufren en el cuerpo o en el espíritu, y que necesitan una palabra o gesto de ayuda.
Y comenzaremos la Semana Santa recordando la solemne entrada de Jesucristo en la ciudad santa de Jerusalén, montado en un pollino. La mansedumbre del pollino que jamás había sido montado simboliza nuestra conversión. La Cuaresma ha sido ese tiempo que Dios nos ha ofrecido para limar nuestras asperezas y para acercarnos más a Él.
La entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén tiene también un carácter profético, porque simboliza la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, más allá de la adversidad que nos aqueja. Los ramos y palmas que llevaremos en nuestras manos durante la procesión con la que comenzaremos la celebración significan el martirio y la victoria de Cristo, que escucharemos en la lectura de la Pasión; vinculados a nuestra situación actual; lo cual nos hace pensar que venceremos nuestra adversidad y que por ello viviremos en un mundo mejor, en el que seremos plenamente felices.
Tomemos hoy, pues, el ejemplo de aquellos que alfombraron el camino de Jerusalén para que pasara Jesús y entrara en la ciudad santa. Vamos a pedirle a nuestro Señor que nos haga humildes y sencillos como aquellos niños hebreos, para que alfombremos el mundo con nuestras almas, con nuestra entrega generosa, paciente, gratuita, para que todas las personas del mundo se eleven al cielo y conozcan y descubran a Jesucristo, y descubriéndole, se dejen seducir por Él y le sigan.
Llevemos, pues, esos ramos y palmas con nosotros. Colguémoslos de nuestras ventanas y balcones, no como un amuleto supersticioso, sino como un signo de la victoria de Cristo, que ahuyenta realmente todo mal y todo peligro. El ramo, por bendecido que esté, no tiene ningún poder mágico, ya lo sabemos; pero deja ver exteriormente que confesamos y reconocemos la victoria de Cristo sobre el pecado y el mal, y que nos acogemos bajo el amparo de nuestro Redentor. Qué Él nos dé la gracia para poder participar intensamente en estos días en la conmemoración de los misterios salvadores de su pasión, muerte y resurrección.
By.- Ramón Clavería
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