
Con la celebración de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, la Iglesia da comienzo al Sagrado Triduo Pascual, en el que conmemoramos cada año los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor; misterios redentores que se actualizan en cada celebración eucarística.
La Misa del Jueves Santo, constituye, pues, el preámbulo necesario con que recordamos aquella Última Cena del Señor en la que anticipó su entrega en la cruz y al mismo tiempo entregó a los apóstoles el mandato del amor fraterno y el mandato de repetir sus mismos gestos en memoria suya, instituyendo así el sacerdocio ministerial.
Ya metidos de lleno en las celebraciones del Sacro Triduo pascual, en los oficios del Viernes Santo recordaremos cómo Jesucristo ha querido cargar sobre sí mismo nuestro pecado, por total solidaridad con la humanidad entera. En esa cruz, Jesús de Nazaret ha sellado de una vez por todas la Nueva Alianza con Dios.
También está en Él, clavado en la cruz, todo el dolor de la humanidad: la soledad de los ancianos, el sufrimiento de los enfermos, el fracaso de los que no han tenido suerte en la vida, la injusticia de los que están siendo víctimas de la violencia y de las guerras... Por eso que la celebración de este día nos tiene que ayudar a todos a vivir esta vida, siguiendo a Jesús, también cuando comporta la cruz, nuestra cruz.
El Viernes Santo tiene que estimularnos y darnos ánimos para nuestro camino de fidelidad; sobre todo, porque también apunta a la Vigilia Pascual; la celebración de la noche santa en la que jugaremos con elementos muy expresivos de nuestra vida. Los elementos vivos de esta noche: el fuego, la luz y el agua, son un signo, una señal de lo que realmente es Jesucristo para todos nosotros: la Vida. Nosotros, esta noche santa, no somos como una religión ancestral o de la nueva era, que juega con los elementos fuertes de la naturaleza, como son el fuego y el agua, y que casi, como si fueran las fuerzas del mundo, sus energías, las adora. Nosotros esa noche, a través del fuego, de la luz del cirio pascual y del agua, rezaremos y reconocemos, a través de estos elementos, lo que nos hemos ido diciendo a lo largo de estos últimos domingos de Cuaresma; cuando veíamos a Jesús que hablaba con la samaritana junto al pozo y le decía: “Yo soy el agua viva”; o cuando hablaba con el ciego de nacimiento y le decía: “Yo soy la luz”; o cuando les decía a las hermanas de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Así, ya en los albores del Domingo de Pascua, cuando las auroras empiecen a sonar por las calles de nuestro pueblo, anunciándonos que la Romería al Cerro del Cabezo y las fiestas de nuestra Morenita están cerca, la alegría y emoción que nos transmitirán nos recordarán cómo la última palabra, tanto en el caso de Jesús como en el nuestro, no es el dolor ni la muerte, sino la vida y la felicidad plenas de Dios. La Pascua no nos asegura que el dolor estará ausente de nuestras vidas; pero sí que Cristo nos quiere dar luz y fuerza para soportarlo con entereza. Como Él.
By.- R,C
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