
Cuando hablamos de la Ascensión de Jesús, seguramente que nos viene la imagen del Señor subiendo a los cielos, como si fuera un astronauta; pues la imaginación siempre nos lleva a entender, que el Paraíso de Dios está en las alturas. Quizá por eso que el ruso Gagarín, cuando volvió de su primer viaje espacial, dijo con mucha ironía, y no con menos mala leche, que se había paseado por el cielo, y no se había encontrado con Dios.
Pero nosotros ya sabemos que nuestro lenguaje es muy limitado para hablar de los misterios de Dios; que nos sirve para entendernos, pero no para comprender la verdad en su plenitud.
Y en este lenguaje humano, tanto la lectura del libro de los Hechos, como el evangelio de Lucas, que escucharemos en la Misa de este día, relatan el acontecimiento de la Ascensión de Jesús; y nos cuentan cómo Cristo resucitado, después de aparecerse a sus discípulos y confirmar su fe, dándoles muestras de que estaba vivo, los reúne a todos y ante ellos asciende a los cielos. Es el modo de finalizar su estancia histórica entre nosotros y de indicarnos el destino final de su existencia, que es volver a Dios.
Por eso que en este domingo seguimos celebrando no sólo la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, como hacemos todos los domingos del año; sino también su glorificación y su exaltación a la derecha de Dios Padre. Es una victoria y una glorificación de la que hace partícipes a los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, porque Cristo, con su humanidad, ha entrado definitivamente en el cielo, y sentado a la derecha de Dios Padre ha sido constituido Señor de todas las cosas por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y adonde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar nosotros como miembros de su cuerpo.
Y esta es nuestra fe y nuestra esperanza: participar un día plenamente de la gloria de su reino. Pero esto lleva consigo trabajar ahora por anunciar al mundo lo que hemos experimentado, aquello que creemos, anhelamos y esperamos con un testimonio de vida coherente. No nos podemos quedar “mirando al cielo”, pues en esta hora de la historia, estamos llamados a prolongar la misma misión que Jesús encomendó a sus discípulos. Pero no tengamos miedo, pues para esta misión hemos sido “revestidos de la fuerza de lo alto”, con el Espíritu prometido por Jesús. Además, el mismo Señor nos ha prometido su presencia, nueva y misteriosa, hasta el final de los tiempos. Una presencia que se verifica de una manera especial cuando los cristianos nos reunimos en su nombre, especialmente cuando celebramos los sacramentos, sobre todo, la Eucaristía.
Que Santa María de la Cabeza, la Virgen, nos abra los ojos de la fe y nos llene de esperanza, para que caminemos por la vida sabiendo que también nosotros, el Cuerpo de Cristo, su Iglesia, un día participaremos de la gloria de Jesús; pues la Ascensión del Señor, la certeza de que está en el cielo, nos anima a caminar en esperanza, ya que el cielo de Jesús, un día será nuestro cielo.
By.- R,C
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