
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra como en Pentecostés, la primitiva comunidad apostólica reunida con María, recibe el don del Espíritu Santo, que es don de Cristo resucitado. Al igual que el mismo Jesús, son capacitados por la fuerza de Dios para realizar la misión encomendada por Jesús. Aquellos discípulos atemorizados estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y paralizados en su propio fracaso tras la muerte de Jesús; pero al recibir el don del Espíritu, rompen las puertas del Cenáculo y van a la plaza más pública de Jerusalén a gritar la Buena Noticia, el primer anuncio de Jesús muerto y resucitado. Ya no sienten miedo, ni están paralizados por ningún tipo de obstáculo. En ellos se inicia la misión de la Iglesia con el anuncio de Jesucristo y su Evangelio. Inauguran la nueva y definitiva etapa de la salvación, la extensión del Reino de Dios inaugurado por Jesucristo.
También nosotros, los cristianos, hemos recibido el don del Espíritu para anunciar con valentía el Evangelio de Cristo públicamente, sin miedo, sin resignarnos a que nuestra fe sea religada al ámbito de lo estrictamente privado, porque nuestra fe tiene una dimensión pública que es necesario salvaguardar. Por eso es necesario pedir al Señor que reavive en nuestros corazones el fuego de su amor, y así realice en nosotros aquellas mismas maravillas que obró en los comienzos de la predicación evangélica.
Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente es el que ha sido derramado sobre cada uno de nosotros, especialmente por medio de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, que nos configuran más plenamente con Cristo, nos fortalecen para vivir con mayor intensidad nuestra pertenencia a Jesucristo, y nos impulsan a ser testigos eficaces del Evangelio en medio del mundo. Así pues, todos estamos llamados a dar testimonio del resucitado, según nos inspire el Espíritu Santo, el cual a lo largo de los siglos ha suscitado en medio de su Iglesia, diversos carismas cuyo objetivo último es anunciar el Evangelio, llamar a la conversión y servir a todo el cuerpo de la Iglesia.
Y es que Pentecostés nos recuerda la vocación que tenemos todos de vivir al aire del Espíritu y volcarlo a la sociedad por medio de un testimonio vivificante; ya que donde hay Espíritu de Dios reinan la verdad y la libertad, hay paz y entendimiento, hay unidad.
Que Santa María, la Virgen, nuestra Morenita, la Mujer llena del Espíritu de Dios, interceda por nosotros, para que este Espíritu Santo, luz que penetra las almas y fuente del mayor consuelo, nos ayude a adentrarnos cada vez más en el misterio de Cristo, y nos empuje a ser testigos del resucitado y anunciadores de su Buena Noticia a los hombres de hoy.
By.- R,C
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