
Cada año revivimos los creyentes el gozo del fragmento del Evangelio que nos afirma: "Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" y, como los pastores, acudimos a Belén, a contemplar este misterio de salvación: el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, la Palabra eterna de Dios que se hace carne y acampa entre nosotros. "Contemplamos su gloria, gloria propia de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Hoy nosotros también, con el temor de los pastores ante las palabras del ángel, venimos junto a la Santísima Virgen María y al Glorioso Patriarca san José a escuchar, a recordar, a celebrar, esa noticia que será la gran alegría para todo el pueblo. La noticia de que en la ciudad de David nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. El esperado desde tanto tiempo. El que es una luz grande para el pueblo que caminaba en tinieblas. Aquel niño, aquel hijo que viene para anunciar la paz, para consolidarla con el derecho y la justicia.
También nosotros tenemos que escuchar hoy las palabras del ángel, que nos anuncian la señal para reconocer ese Mesías: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y también nosotros, como los pastores, tenemos que acercarnos a ver eso que nos ha comunicado el Señor. E iremos, y lo veremos: un niño envuelto en pañales, que su Madre Santísima tuvo que acostar en un pesebre, porque no había otro lugar mejor tras aquella larga emigración de kilómetros por satisfacer los caprichos del emperador romano.
Nosotros lo veremos y creeremos, y, como los pastores, tendremos que salir comunicando a todo el mundo esa gran noticia, el gran gozo que hoy celebramos. Porque ahora sabemos, que ese niño envuelto en pañales, ese niño tan igual a nosotros -y más aún, tan igual a los pobres- es el signo de que en medio de nuestra pequeña vida, de nuestro mundo, de nuestro país, de nuestra historia, se ha abierto un camino. Y que abriendo paso en este camino va alguien que no nos puede fallar. Alguien que ha convertido nuestra pequeña vida en la vida de Dios, nuestro mundo en el mundo de Dios, nuestra historia en la historia de Dios.
Por eso hoy celebramos con alegría esta fiesta y nos

Navidad de recuerdos, de nostalgia de los seres queridos que ya no están con nosotros, de los amigos ausentes... Que eso y todo en estos días santos gire en torno al recuerdo de Belén, la casa del pan, del “pan de vida” que hace dos mil once años nos regaló el Padre por medio de María Santísima; de “nuestro pan de cada día”; de ese Pan que, dentro de la Eucaristía, se nos ofrece cada día como banquete; del Pan que nos hace a todos un poco más hermanos, un poco más amigos, un poco más niños, un poco mejores.
Queridos hermanos y hermanas: FELIZ NAVIDAD.
By.- R,C
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